Al deambular por la región surgieron otros recuerdos, como el del día que conoció a Gadoric, un esclavo que se hacía pasar por pastor corto de entendederas; o el perro Minca, muerto ya hacía tiempo, grande y fiero para el extraño, pero manso como un cordero para su amigo. La choza del pastor aún estaba en pie, ocupada ahora por otro, justo al borde del campo donde el celta le había enseñado a luchar con una espada de madera, a disparar flechas sin punta y, mas que nada, a usar la lanza que todavía llevaba, que Gadoric había robado a los guardias de su amo, Casio Barbino, aquel senador obeso.

La tierra por la que caminaba pertenecía a Casio Barbino; Sosia, la muchacha esclava con la que había disfrutado un tierno romance de infancia, había pertenecido a Barbino. Didio Flaco, el ex centurión que se lo había llevado a Sicilia, trabajaba para Barbino. Áquila había vivido con Flaco y su guardia de rufianes en las granjas que el gordo senador tenía en Sicilia y por eso había presenciado, sin quererlo, el cruel trato que recibían los esclavos en nombre del beneficio. Aquel hombre había cobrado gran importancia en su vida y allí estaba él ahora, en los bosques donde se encontraba la cisterna que alimentaba fuentes y baños de la villa de Barbino, al borde de las lágrimas al contemplar la vida sin todas las personas que poblaban sus recuerdos.

Sintió la tentación de visitar la granja de Dabo, donde fue a vivir tras la muerte de Fúlmina, pero no era un lugar de grato recuerdo. Había odiado a Dabo por la manera en que había engañado al alegre y corto Clodio para que lo sustituyera cuando lo convocaron para un segundo periodo en las legiones y que así él pudiera quedarse en casa y enriquecerse. ¿Viviría aún aquel viejo cabrón de Dabo o estaría su granja en manos de sus hijos, Anio y Rufurio, aquellos chicos con los que solía pelearse todo el rato?

Al reconocerlo, los viejos vecinos le contaron, sin un asomo de pena, que Piscio había muerto: Anio Dabo, su hijo mayor y matón de nacimiento, era dueño de la granja, ahora una finca de ganado, mientras que Rufurio, que al menos había intentado ser simpático con el huérfano Áquila, no tenía nada y ya no andaba por los alrededores.



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