Le contaron también que había una herencia esperándole en Aprilium, donación de un general llamado Aulo Cornelio Macedónico, que había muerto comandando una cohorte de la Décima Legión en el paso de Thralaxas, en Illyricum, una ayuda económica para los familiares de sus legionarios caídos, uno de los cuales era Clodio.

Tras demostrar su identidad con los sacerdotes del templo, y como ya no quedaba nada para él en el lugar en que había crecido, volvió a la Vía Apia y siguió su camino hacia el norte.


En la Colina Palatina, Marcelo Falerio regresaba a una casa que, sin su padre, parecía vacía. Desde que tenía memoria, el espacioso atrio había estado lleno de solicitantes en busca de los favores del político más poderoso de Roma, el líder de los optimates: ahora tenía un aire deprimente. Los esclavos de la familia, que normalmente se ocupaban de atender a los solicitantes, ahora estaban ociosos en sus aposentos por el luto, y no cabía duda de que alguno estaría rezando a sus dioses para que en el testamento de su difunto amo se le concediese la libertad. Resultaba exasperante que hubiera muerto en la cumbre de su carrera, tras haber sofocado una revuelta de esclavos en Sicilia sin combatirla con legiones, como era la norma, sino mediante la pura astucia.

Además de eso, en lugar de llenar las cunetas de las carreteras de rebeldes crucificados, los había devuelto al trabajo en las granjas de las que habían escapado, ahorrando así una fortuna a sus amos, sus compañeros en el Senado, y asegurando también la nueva cosecha a la ciudad. De haber regresado con vida, habría sido vitoreado como un general victorioso por haber derrotado a un enemigo, el hambre, al que Roma temía más que a ningún otro. En vez de esto, había muerto en un charco de sangre que parecía manar de todos los orificios de su cuerpo, mientras su hijo, entre lágrimas, sujetaba una mano que poco a poco rendía sus fuerzas.



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