El estudio en el que trabajaba tenía el mismo ambiente desnudo, y Marcelo se sentó en la silla curul preguntándose cuál sería su siguiente paso. La presencia de su padre en su vida, así como en las vidas de muchos otros, había sido tan autoritaria, que la ausencia de su aura era casi palpable. Cualquiera que contase para algo en Roma asistiría a las ceremonias que señalaban su fallecimiento, aunque pocos lo harían movidos por amor hacia él. Es más, algunos de los que decían estar afligidos se presentarían sin duda para asegurarse de que su muerte no era una artimaña para pillarlos desprevenidos: Lucio Falerio Nerva había sido el azote de aquellos que, gozando de una buena posición, habían caído por debajo de lo que él consideraba las normas de comportamiento de la clase patricia. Había sido más temido que amado, y el único principio por el que se había guiado habían sido las necesidades de la República a la que tan desinteresadamente servía; de hecho, había dedicado toda su vida a Roma y a la protección de sus lejanas fronteras. El joven podía oír ahora el eco de voz que le reprendía.

– ¡Roma primero y siempre, Marcelo! Júrame que siempre pondrás a Roma por delante de todo.

– Sí, padre -dijo él en voz alta, esperando que el espíritu paterno lo oyese.

Levantó el trozo de papiro en el que había dibujado una imagen de los muros de aquella villa de Beneventum que habían recibido como regalo los cuatro cabecillas de la revuelta de esclavos sicilianos, hombres a los que Lucio había corrompido y sobornado para que traicionaran a su gente ante la perspectiva de una vida de lujo y comodidad. No habían tenido tiempo de disfrutar del engaño: alguien se había vengado y los había matado del modo más sanguinario, y había dejado en las paredes de cada habitación aquel perfil, el dibujo de un águila al vuelo, sólo que el color rojo del original había sido de sangre, no de tinta.



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