– Así que este es el nuevo maestro. ¡No me parece un hombre!

– Tomó a la muchacha por los brazos, la sujetó y la inspeccionó del ruedo al sombrero, aprobándola con un cabeceo-. Servirá. -Giró hacia Westgaard, preguntando-; ¿Qué pasó con el tipo?

– Es ella -respondió el hombre, sin alterarse.

La mujer dejó escapar un chillido de risa y concluyó:

– Bueno, me lo han cambiado. -De pronto se puso seria, estiró una mano y estrechó con energía la de Linnea-. Es justo lo que necesita este lugar- No haga caso de este hijo mío: yo tendría que haberle ensenado mejores modales. Como no se ha tomado la molestia de presentarnos, yo soy su madre, la señora Westgaard. Llámeme Nissa. La mano era huesuda pero fuerte.

– Yo soy Linnea Brandonberg. Llámeme Linnea.

– Así que, Li-ni-a, ¿eh? -Lo pronunció a la antigua manera campesina-. Buen nombre noruego.

Se sonrieron, aunque no por mucho tiempo. A Linnea empezaba a resultarle obvio que Nissa Westgaard no hacía nada por mucho tiempo. Se movía como un gorrión, con gestos bruscos y económicos.

– Pase. -Avanzó por el sendero, vociferándole al hijo-; ¡Bueno, no te quedes ahí parado, Teddy, trae sus cosas!

– No se quedará.

Linnea puso los ojos en blanco, pensando: "¡Ya estamos, otra vez con lo mismo!". Pero la esperaba una sorpresa: Nissa Westgaard se dio la vuelta y abofeteó a su hijo en el costado del cuello con sorprendente fuerza.

– ¡Cómo que no se queda! Claro que se queda, así que te sacas esa idea de la cabeza. ¡Sé lo que estás pensando, pero esta chica es la nueva maestra y será mejor que empieces a cuidar tus modales para con ella o tendrás que cocinarte la comida y lavarte tus trapos! ¡Ya sabes que, en cualquier momento, puedo irme a vivir con John! Linnea se cubrió la boca con la mano para ocultar la sonrisa: era como ver a un gallo pigmeo desafiando a un oso. La coronilla de Nissa sólo llegaba hasta la axila del hijo, pero lo aporreaba y él no replicaba- Se puso rojo como una remolacha y tensó la mandíbula. Pero, antes de que pudiese presenciar más tiempo la vergüenza del hombre, el gallo enano se dio la vuelta, la aferró del brazo y la hizo seguir avanzando por el camino.



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