El corazón le latió con fuerza, expectante, y esa vez no fue ficción cuando apoyó los dedos. Pronto vería ese lugar que sólo había sido, hasta entonces, un nombre en el mapa; pronto conocería a las personas que se convertirían en parte de su vida cotidiana como alumnos, amigos, quizás hasta confidentes. Cada nuevo rostro con el que se topase sería el de un desconocido y, por centésima vez, deseó conocer a alguien de Álamo, aunque sólo fuese una persona.

No hay nada de qué asustarse. Es sólo el nerviosismo del último momento.

Se pasó una mano por la nuca, controlando el peinado que todavía no tenía habilidad para hacerse. Al parecer, dentro del recogido en forma de medialuna, el postizo se había soltado. Colocó varias horquillas con dedos trémulos, se acomodó el alfiler del sombrero, se alisó la falda y echó un vistazo a los zapatos para conseguir una dosis extra de confianza en el preciso momento en que el tren lanzaba un último bufido y se detenía estremeciéndose.

– Caramba, ¿dónde está el pueblo?

Arrastrando la maleta por el corredor, miró por las ventanas y no vio más que la acostumbrada estación de un pueblo perdido: un edificio de madera con ventanas estrechas a ambos lados de la puerta que daban al andén, cuyo lecho se apoyaba sobre cuatro postes.

Mientras emergía de las polvorientas profundidades del vagón de pasajeros al luminoso sol de otoño, sintiendo el canturreo de los peldaños de metal bajo sus tacones nuevos, examinó otra vez.

Miró a su alrededor, buscando con la vista a alguien que se pareciera a un inspector de escuelas y el descubrir a una única persona, un hombre de pie a la sombra de la galería de la estación, sofocó su decepción. A juzgar por su modo de vestir, no era el que buscaba, aunque podría ser padre de alguno de sus alumnos y por eso le dedicó una sonrisa- Pero el hombre permaneció como estaba, con las manos en la bata de trabajo rayada y con un sombrero de paja manchado de sudor en la cabeza.



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