Adoptando un aire confiado, cruzó el andén y entró, pero sólo encontró al vendedor de pasajes, que se ocupaba de telegrafiar un mensaje tras su ventanilla enrejada.

– Discúlpeme, señor.

El sujeto se volvió, se levantó el visor de celuloide verde y sonrió:

– ¿Señorita?

– Debo encontrarme aquí con Frederic Dahí. ¿Lo conoce?

– Sé quién es, pero no lo he visto por aquí. Pero siéntese: sin duda, pronto llegará.

El estómago de la muchacha se oprimió. ¿Qué haré ahora?

Como estaba demasiado nerviosa para sentarse, decidió esperar fuera. Se instaló en el lado opuesto de la galería a aquel en que estaba el granjero, dejó la maleta en el suelo y esperó.

Pasaban los minutos y no llegaba nadie. Echó un vistazo al desconocido y lo sorprendió observándola; incómoda, volvió la atención al tren. que bufaba y siseaba, echando chorros de vapor a cada exhalación. Tenía la impresión de que tardaba demasiado tiempo en ponerse en marcha otra vez.

Aventuró otro vistazo al hombre, pero, en cuanto volvió la vista, él fijó la suya en la puerta del tren.

Theodore Westgaard observaba los peldaños del tren, esperando que bajara el nuevo maestro, pero habían pasado ya tres minutos y la única persona que se apeó fue una muchacha delgada que fingía ser grande con los zapatos y el sombrero de la madre. Atrajo su vista por segunda vez, pero cuando la muchacha lo miró de nuevo se sintió incómodo y volvió la atención a la puerta del tren.

"Vamos, Brandonberg, aparezca, que tengo que ocuparme de la cosecha."

Sacó un reloj del bolsillo de la pechera, miró la hora y movió los pies, impacientó. La muchacha lo miró otra vez, pero, en cuanto las miradas se encontraron, se concentró de nuevo en el tren, con las muñecas cruzadas sobre un abrigo que llevaba plegado sobre un brazo.

La examinó con disimulo.

Supuso que tendría unos dieciséis años, que estaba atemorizada de su propia sombra y que pretendía que nadie lo notara. A pesar de ese ridículo sombrero con alas de pájaro y de que todavía tendría que estar luciendo trenzas y zapatos de tacón bajo, era una preciosidad.



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