Para su sorpresa, nadie más bajó del tren, pero el conductor levantó la escalera portátil, la metió dentro del coche y agitó un brazo en dirección al maquinista. Los acopies empezaron a chirriar a todo lo largo del tren, que, lentamente, gimió volviendo a la vida, dejando un silencio más intenso aún, sólo roto por el zumbar de una mosca sobre la nariz de la chica.

La espantó con la mano y no hizo caso de la presencia de Westgaard, que iba montando en cólera por haber hecho un viaje inútil al pueblo. El hombre se quitó el sombrero, se rascó la cabeza y luego se lo puso otra vez, bajando el ala sobre los ojos y maldiciendo para sus adentros.

Estos tipos de la ciudad… No tienen idea del valor que un cultivador de trigo le da a cada hora de luz diurna en esta época del año.

Irritado, entró pisando con fuerza.

– Cleavon, si ese mozalbete llega en el próximo tren, dígale… oh, diablos, no le diga nada. Tendré que esperarlo.

En Álamo no había establo, ni se disponía de caballos para alquilar. ¿Cómo se trasladaría hasta la granja el nuevo maestro cuando al fin llegara?

Cuando Theodore salió otra vez, la muchacha estaba de cara a él, con los hombros rígidos y una expresión asustada. Las manos seguían aferrando el abrigo y abrió la boca como para hablar, pero la cerró de nuevo, tragó y se dio la vuelta.

Aunque no era propio de él hablar con muchachitas desconocidas, le pareció asustada, pronta a estallar en lágrimas, y se detuvo para preguntarte.

– ¿Alguien tenía que venir a buscarla?

La muchacha se volvió hacia él con gesto casi desesperado.

– SÍ, pero al parecer se ha retrasado.

– Si, sucede lo mismo con el tipo que yo tenía que buscar aquí: se llama L. I. Brandonberg.

– Oh, gracias a Dios -suspiró, recuperando la sonrisa-. Yo soy la señorita Brandonberg.



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