
— No… no tuve tiempo de cambiarme — balbucí -. ¡Oh! ¿Se encuentra aquí el doctor Rossman Debía…
Ted asintió.
— Le dije que habla venido usted. Le hará esperar un par de minutos antes de permitirle entrar en su despacho. Es su manera de vengarse por haberle hecho aguardar.
— ¿Vengarse?
— La hora de salir de aquí es a las cuatro y cuarto; a Rossman le gusta marcharse puntual a casa para gozar de la compañía de su esposa y familia. Le supo muy mal tener que quedarse hasta las cinco y media y usted incluso ha sobrepasado ese tiempo.
— El helicoche…
— No se preocupe, le llamará dentro de un minuto.
Yo no sabía qué decir.
— Supongo que no se habrán quedado más tarde del debido por mi causa, ¿verdad?
— Oh, no. — Ted pareció disipar ese temor. Sonriendo hacia el doctor Barnevedt, añadió -: Estábamos charlando acerca del control del tiempo.
II
"ES IMPOSIBLE"
— ¿Control del tiempo? — dije -. Para eso vine.
— Creo que quizá deberíamos explicarnos comenzó a decir el doctor Barneveldt, pero un zumbador le cortó en seco en mitad de la frase.
Con cuidado levantó un montón de papeles que cubría el intercomunicador de su escritorio y oprimió un botón que lanzaba destellos rojos.
— ¿Ha encontrado ya mi despacho mi visitante? — preguntó una voz áspera.
— Sí — dijo el doctor Barneveldt -. El señor Thorn se encuentra aquí, ahora.
— Bien; hágalo entrar.
El intercomunicador emitió un chasquido y quedó en silencio.
Ted hizo un gesto al viejo para que se quedase en su silla.
— Es al final del pasillo — me dijo, señalando con el pulgar en la dirección adecuada. Con los principios de una sonrisa, añadió: Buena suerte.
