Recorrí el breve corredor hasta la puerta final, sintiéndome nervioso. No había placa alguna con un nombre. Llamé con los nudillos una sola vez, ligeramente.

— Entre.

El despacho de Rossman era casi tan pequeño como el que acababa de abandonar. Un escritorio metálico, una fila de archivadores, una mesita de conferencias con sillas que no hacían juego: no había más muebles. Sólo una ventana; el rostro de las paredes estaba cubierto con mapas y gráficos que fueron colgados hace años, por el aspecto que ofrecían.

Nunca anteriormente me di cuenta de la diferencia entre la industria particular y las oficinas del gobierno, en lo que se refería a espacio vital y a ornamentación. Si el doctor Rossman hubiese estado trabajando para mi padre en un puesto igualmente importante, su despacho habría sido cuatro veces mayor. Y también probablemente su salario.

Estaba sentado tras su escritorio.

— Tome asiento, señor Thorn. Espero que no haya tenido muchas dificultades en encontrarnos.

— Unas pocas — respondí -. Lamento haberle hecho aguardar.

Se encogió de hombros. Era delgado y de piel pálida, con un rostro largo y sombrío que me recordó algo a los perros sabuesos.

— Bueno, pues — dijo mientras yo tomaba una silla de la mesa de conferencias y la colocaba ante el escritorio -, ¿en qué podemos servir a Thornton Pacific?

Me senté y dile:

— Se trata de esas tormentas que han azotado nuestras explotaciones mineras. Están causando muchos daños y obligándonos a efectuar grandes gastos.

Asintió, muy serio:

— Sí, supongo que si.

— Mi padre desea saber qué es lo que pueden hacer ustedes. Nos hemos visto obligados a suspender las operaciones mineras de dragado durante varios días cada vez. Si no se hace algo para detener estas tormentas, perderemos una gran cantidad de dinero, por no decir nada de las vidas de los hombres que se encuentran en las dragas, a merced de los elementos.



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