
— Jeremy, nos hemos enterado del nombre del hombre con quien deberías hablar en Climatología. Se llama Rossman… Quizá sea un doctor en física. De cualquier forma, dale el tratamiento de "doctor", sé sentirá halagado. Está al frente de las previsiones a largo plazo y del trabajo de control del tiempo. Hemos concertado una cita a las cinco y media para ti. A propósito, la Marina encontró a nuestros dos buceadores perdidos. Están muy maltrechos, pero aguantarán. Llámame después de que hayas visto a Rossman. Buena suerte.
Volví a meterme el teléfono en el bolsillo de la camisa y consulté mi reloj de pulsera. Marcaba las 10-38, aún hora hawaiana. No había ningún reloj a la vista, así que seguí cruzando el campo hasta el edificio terminal. Lo único que veía era el aeropuerto con su ajetreo, con reactores dando vueltas por los cielos y, detrás de mí, la zona de los cohetes. Muy lelos se veía, en turbión impreciso, la Cúpula de Manhattan, que cubría el centro de la ciudad de Nueva York, su armazón geodésico apenas visible a través del aterciopelado cielo brumoso.
La acera rodante cruzó la cortina de aire que protegía la puerta del edificio terminal y entonces divisé un reloj… Las 4-40, hora local. Bajé al piso del tren subterráneo y cogí el expreso de Boston.
Los trenes neumáticos son rápidos y cómodos, pero el chirrido de las ruedas metálicas en las vías, también de metal, a seiscientos cincuenta kilómetros por hora sigue siendo terrible, a pesar del mucho aislamiento acústico de que dispongan los vagones. Me senté en un compartimento de cuatro plazas, solo, preguntándome si podría llegar a tiempo a la cita.
Eran exactamente las 5-20 cuando bajé del tren y subí el ascensor que me llevó a lo alto de la Torre del Transporte en la Back Bay de Boston. Pero el conductor del coche necesitó casi veinte minutos, y varios dólares extra sobre el importe del taxímetro, para encontrar el edificio del Departamento de Climatología, que se alzaba en los suburbios.
