Corrie lo miró hacia abajo y dijo:

– Admiro como puedes hablar tan tranquilamente cuando te está saliendo humo por las orejas. No me engañas ni por un segundo, James Sherbrooke.

Lo miró con desdén y chasqueó la lengua a su yegua justo hacia él, casi derribándolo. Él dio un paso al costado, palmeó el hocico de Darlene y dijo:

– Tienes razón. Me está saliendo humo de las orejas. ¿Recuerdas ese día que quisiste probar lo habilidosa que eras y montaste ese semental medio salvaje que mi padre acababa de comprar? Ese maldito caballo casi me mató cuando estaba intentando salvarte, lo cual, como tonto que era, hice.

– No necesitaba que me salvaras, James. Era habilidosa, incluso a los doce años.

– Supongo que planeabas tener las piernas envueltas alrededor del cuello de ese caballo, sosteniéndote, gritando. Ah, esa fue una medida de tu habilidad, ¿cierto? Y no olvides la ocasión en que le dijiste a mi padre que yo había seducido a la esposa del catedrático en Oxford, sabiendo que estaría furioso conmigo.

– Eso no es cierto, James. No estaba furioso, al menos no al principio. Primero quería pruebas, porque dijo que no podía imaginar que fueras tan estúpido.

– No era estúpido, maldita seas. Me llevó dos meses enteros convencer a padre de que era todo obra tuya, y tú te quejaste y lloriqueaste que era sólo una pequeñísima broma.

Ella sonrió.

– Hasta descubrí el nombre de una de las esposas de los catedráticos para hacerlo más creíble.

Él se estremeció, recordando claramente la expresión en el rostro de su padre.

– ¿Quieres saber algo, Corrie? Creo que hace mucho tiempo que alguien debería haberte enseñado lo que son los modales. -Sin advertencia, James la tomó del brazo, la hizo descender del lomo de Darlene y la arrastró hasta una roca. Se sentó y la colocó entre sus piernas. -Esta zurra ha sido necesaria por mucho tiempo.



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