Antes de que ella pudiese siquiera comenzar a imaginar qué iba a hacerle, James la puso boca abajo sobre sus piernas y llevó la palma de su mano con fuerza sobre su trasero cubierto por pantalones. Corrie jadeó y aulló, luchó pero él era fuerte, estaba más que decidido, y la sostuvo con facilidad.

– Si tuvieses tu falda de montar -golpe, golpe, golpe, -esto no te dolería porque tendrías media docena de enaguas para acolcharte.

Golpe, golpe, golpe.

Corrie luchó contra él, retorciéndose y gritando.

– ¡Detente ahora mismo, James! ¡No puedes hacer esto, idiota! Soy una muchacha, y no soy tu condenada hermana.

– Gracias a Dios por eso. ¿Recuerdas la vez que metiste esa medicina en mi té y mis entrañas fueron agua durante un día y medio?

– No creo que durara tanto. ¡Basta, James, esto no es apropiado!

– Oh, eso es gracioso. ¿No es apropiado, dices? He estado encajado contigo toda tu bendita vida. Recuerdo ver tu pequeño y delgado trasero cuando estabas nadando en el estanque de Trenton. Y también el resto de ti.

– ¡Tenía ocho años!

– No actúas como mucho mayor ahora. Esto, Corrie, es disciplina atrasada. Sólo considera que estoy actuando en el lugar de tu tío Simon.

James se detuvo. Simplemente no podía azotarla otra vez, pese a los desbordantes recuerdos de cosas atroces que ella le había hecho a través de los años. Comenzó a hacerla rodar de su regazo y luego vio las rocas en el piso.

– Oh, maldición, mocosa -le dijo, y la levantó de sus piernas para depositarla sobre sus pies.

Ella se quedó allí parada, frotándose el trasero, mirándolo fijamente. Si las miradas pudieran matar, él estaría muerto a sus pies. James se levantó y sacudió un dedo hacia ella, muy a la manera de un antiguo tutor, el señor Boniface.

– No seas una lastimera miedosa. Tu trasero escose un poco, nada más. -Miró fijamente sus botas un momento y luego dijo: -¿Cuántos años tienes, Corrie? Lo olvido.



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