Ella lloriqueó, se pasó la mano por la nariz que goteaba, levantó el mentón y dijo:

– Tengo dieciocho.

Él levantó rápidamente la cabeza, horrorizado.

– No, no, eso es imposible. Sólo mírate, un jovencito sin vello que sólo resulta tener un trasero redondeado bajo esos ridículos pantalones que ningún joven que se respete a sí mismo desearía. Bueno, no quise decirlo exactamente de ese modo.

– Tengo dieciocho años. ¿Me oyes, James Sherbrooke? ¿Qué es tan imposible en eso? ¿Y sabes qué más? -Él la miró fijamente, sacudiendo lentamente la cabeza. -¡He tenido un trasero redondeado desde hace al menos tres años! ¿Y sabes qué más?

– ¿Cómo iba a notarlo, con esos pantalones que vistes, embolsando tu trasero? ¿Qué más?

– Eso es importante, James. Tendré una especie de temporada de práctica este otoño. La tía Maybella dice que se llama la Pequeña Temporada. Y eso significa que llevaré vestidos elegantes y medias de seda con ligas para sostenerlas, y zapatos que me elevarán del suelo unos buenos cinco centímetros. Significa que ahora soy adulta. Levantaré mi cabello, me embadurnaré crema para estar suave, y mostraré mi busto.

– Harán falta cubos de crema.

– Tal vez. Pero me suavizaré tarde o temprano y entonces hará falta menos. ¿Y qué?

– ¿Qué busto mostrarás?

Para su absoluto horror, James creyó por un segundo que ella iba a arrancarse la camisa y le mostraría sus pechos, pero gracias a Dios la razón prevaleció y ella dijo, con los ojos como rendijas:

– Tengo un busto, uno muy agradable que sólo resulta estar escondido ahora mismo.

– ¿Escondido dónde? -dijo él mirando alrededor.

Corrie se sonrojó. James se hubiese disculpado si no la hubiera conocido toda su vida; si no la hubiese visto con cinco años y sin dientes incisivos intentando deducir cómo morder una manzana, si no le hubiese asegurado que no estaba muriendo cuando comenzó con su flujo mensual femenino a los trece, y si no hubiese sido el receptor de esa muesca de desdén suya demasiadas veces en años recientes.



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