El último parte de Intendencia que, como era preceptivo, tuvo que redactar la noche en que se rindió al enemigo, nos da la clave del estado de ánimo en el que se hallaba al cabo de tres años de guerra: «Hecho el recuento de existencias, todo cuadra cabalmente con los estadillos adjuntos, todo menos el oficial que esto firma, que se considera a sí mismo un círculo cuadrado, un espíritu metálico, que, abominando de nuestro enemigo, no quiere sentirse responsable de su derrota. Firmado Carlos Alegría, Capitán de Intendencia…».

Pasó más de una hora antes de que una agitación de motores rompiera el silencio.

— Se han rendido. ¿A que sí? — preguntó el cabo primero.

Fuera había un silencio opaco que envolvía los ecos de una actividad febril pero callada y triste. Estaban abandonando la Capitanía General. Nadie daba órdenes, todos sabían lo que tenían que hacer: huir lo antes posible. La agitación silenciosa fue poco a poco desvaneciéndose como se había desvanecido su proyecto y a las diez de la mañana — pudo comprobarlo en el Roskof que fuera de su abuelo- todo se había disuelto en una quietud de residuos y de olvidos. Supo que estaban solos. El hombre enteco y él eran los únicos habitantes de la Capitanía General.

Franco estaba adueñándose de Madrid. Una o dos horas después, los nuevos ocupantes llegaron a la Capitanía General y se desplegaron ordenada y ruidosamente tomando posesión de cada despacho, de cada pasillo, de cada corredor de piedra. El templo del mando ya era suyo.

Había marcialidad en aquellos pasos, ritmo de poder y de obediencia, sumisión y jerarquía. El capitán Alegría identificó aquel ir y venir como algo familiar, la voz de lo propio. Pero esta sensación no le aportó ningún consuelo. Al contrario. Era como regresar a un mundo al que no quería pertenecer, del que había huido: era como empezar de nuevo.



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