Presuponer lo que piensa el protagonista de nuestra historia es sólo una forma de explicar los hechos que nos consta que ocurrieron. Sabemos que Alegría estudió Derecho, primero en Madrid y luego en Salamanca. Sabemos por familiares suyos que recibió una educación de hacendado rural en Huérmeces, provincia de Burgos, donde nació en 1912, en el seno de una familia de nobleza foramontana, y se crió en un caserón con dos arcos de piedra y un escudo que diferenciaba a los suyos de los atarantapayos que hicieron su fortuna a costa de las hambrunas del sur cuando el ganado, la vid, la mies y los olivos se dejaron vencer por el carbunco, la filoxera, el gorgojo, el oídio y otros cenizos.

Fue un estudiante sin brillo pero tenaz y Jiménez de Asúa le enseñó que la Ley no tiene nada que ver con la Naturaleza, que el legislador debe tomar partido, porque ésa es la única forma de ser igualitarios. Al poderoso le basta con el poder.

Pero después, ya en Salamanca, aprendió que la Ley está por encima de las leyes y esa Ley no elige nada. Le hablaron incluso de un derecho sacrosanto. Desde que apareciera el primer bozo, mantuvo una relación formal y grave con Inés Hoyuelos, hija única de unos abaceros acomodados, que ha contribuido generosamente a que podamos reconstruir esta historia.

Nos consta que se unió al ejército sublevado en 1936 porque así defendía lo que había sido siempre suyo. Para él fue una guerra sin batallas, sin gestas ni enemigos, dedicada sólo a las arrobas de trigo, a los cuarterones de tabaco, a las prendas de vestir, al recuento de los tahalíes, al estado de los correajes, a la administración de los proyectiles, de las mantas, del calzado y de la ropa interior de los soldados. Su guerra fue estibar, distribuir, ordenar, repartir y administrar todo lo preciso para que otros mataran, murieran y vencieran a un enemigo al que nunca vio de cerca aunque estaba siempre allí, como un paisaje, cada vez más estático, cada vez más petrificado.



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