
Después, súbitamente, cesó el viento y en el silencio apenas interrumpido por algún crujido de hojas muertas, oí un débil gemido a lo lejos.
Soy médico. Aunque maltrecho yo mismo, ni por un momento pensé en dejar de socorrer al así gemía, con lamentos más propios de un hombre que de un animal. Busqué mi lámpara eléctrica, la encendí y dirigí el haz luminoso ante mí. La luz arrancó reflejos de un enorme caparazón metálico y lenticular al que me acerqué con el alma en un hilo. Los lamentos venían del otro lado. Di la vuelta al artefacto, hundiéndome en la maleza, arañándome, tropezando, maldiciendo, devorado de pronto por una inmensa curiosidad que había desplazado al miedo. Los gemidos eran más claros y me encontré ante una puerta metálica, trampa abierta sobre el interior de la cosa.
Mi lámpara iluminó un corto pasillo absolutamente vacío, cerrado por un tabique de metal blanco. Sobre el piso metálico yacía un hombre, o por lo menos creí de momento que era un hombre. Su largo cabello era blanco y parecía vestido con una especie de funda de color verde que brillaba como la seda. Una sangre oscura brotaba de una herida en la cabeza. Cuando me inclinaba sobre él, sus lamentos cesaron, tuvo un escalofrío y murió.
Entonces penetré hasta el fondo del pasillo. La pared era lisa sin solución de continuidad, pero observé a la derecha, a la altura de mi mano, un saliente rojizo que empujé. La pared se abrió y un rayo de luz azulada me cegó. A tientas, di dos pasos y oí como la pared se cerraba detrás de mí.
