
Protegiendo mis ojos con la mano los abrí poco a poco y pude ver una habitación hexagonal de unos cinco metros de diámetro, por dos de lado. Las paredes estaban cubiertas de raros aparatos y en el centro de la habitación, sobre tres butacas muy bajas, estaban tumbados tres seres, muertos o desmayados. Entonces pude examinarlos con calma.
En seguida me convencí de que no eran hombres. En general, la forma era la misma que la de nuestra especie: cuerpo vertical, dos piernas y dos brazos y la cabeza redonda sobre un cuello. Pero ¡cuántas diferencias en el detalle! ¡Sus proporciones son más armoniosas que las nuestras, aunque sean de gran estatura; las piernas son largas, así como los brazos; sus grandes manos tienen siete dedos iguales, de los que, según me enteré más tarde, dos de ellos son oponibles. Su frente estrecha y alta, sus ojos inmensos, su nariz pequeña, las orejas minúsculas, la boca de finos labios y la cabellera de un blanco platino dan a su fisonomía un extraño aspecto. Pero más raro es el color de su piel, de un verde pálido y delicado con reflejos sedosos. Como vestido no llevaban más que una malla pegada al cuerpo, de color igualmente verde, bajo la cual se dibujaba su musculatura. Uno de los seres tumbados allí tenia la mano materialmente aplastada y de ella goteaba la sangre sobre el piso, dejando una mancha verde.
Después de un momento de indecisión me acerqué al que estaba más cerca de la puerta y toqué su mejilla. Estaba tibia y firme bajo la presión del dedo. Destapé un frasco que llevaba encima y traté de hacerle sorber un poco de vino. La reacción fue inmediata. Abrió los ojos de un verde pálido, fijó en mí su mirada por espacio de unos segundos y se incorporó corriendo hacia los aparatos de la pared. Hacía ya unos años que no jugaba al rugby, pero en mi vida había logrado un placage tan rápido. En un instante la idea de que corría a buscar un arma me cruzó el cerebro, y de ninguna manera quería dejarlo pasar. Resistió poco tiempo, con energía, pero sin fuerza. Cuando dejó de debatirse, lo solté y le ayudé a levantarse. Entonces fue cuando se produjo lo más extraordinario: aquel ser me miró a los ojos y sentí que se formaban en mi mente pensamientos que me eran extraños.
