En circunstancias normales eso no me habría preocupado, ya que prefiero ver vivos a los animales que matarlos; desgraciadamente, ya tengo que matar demasiados para mis experimentos. Pero había invitado para el día siguiente al alcalde de Rouffignac, pues necesitaba su cooperación para un proyecto que ahora no viene a cuento. Ahora bien, este hombre es un gran amante de los venados y por esto me decidí a hacer una pequeña incursión nocturna. Cuando el sol estaba ya declinando, atravesé el claro de Magnou en pleno bosque. Lo conoces tan bien como yo: cubierto de arbustos y de brezos y rodeado de encinas y castaños; de día es muy pintoresco, pero al caer la noche es siniestro. No es que sea impresionable, pero me apresuré. Cuando iba a entrar nuevamente en el bosque, mi pie quedó cogido en una raíz, me caí de cabeza contra un tronco y quedé sin conocimiento.

Cuando me reanimé, no murmuré el clásico «¿Dónde estoy?» Un dolor lacerante recorría mi cabeza, mis oídos zumbaban y, por un momento, temí una rotura de cráneo. Afortunadamente no fue así. Mi reloj de pulsera señalaba la una de la madrugada. Era noche cerrada, y el viento soplaba, haciendo crujir las ramas de los árboles. Sobre un claro del bosque, la luna iluminaba una nube parda, aureolándola de un fantástico encanto.

Me senté, buscando mi fusil que, por suerte, había descargado antes de caerme. Tuve que hurgar un poco la húmeda hierba a mi alrededor antes de encontrarlo. Utilizándolo como bastón me levanté lentamente, la cara vuelta hacia el claro. A medida que me levantaba iba aumentando el campo que abarcaba mi vista, y entonces fue cuando ví la cosa.

Al principio, me pareció una masa negra, una especie de cúpula que dominaba los arbustos, un masa indefinible en la débil claridad. Inmediatamente después la luna se desprendió un instante de los velos que la cubrían, y divisé, por espacio de un segundo, un caparazón curvado, reluciente como el metal.



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