
Como tú sabes, desempeñé cierto papel en la polémica que tiempos atrás opuso a los médicos de esta región contra aquel charlatán que pretendía curar a los enajenados, reeducando su cerebro por medio de la transmisión de pensamientos. Había escrito sobre esa cuestión dos o tres artículos que juzgaba definitivos, solventando de una vez para siempre este problema y relegando su pretensión a la categoría de curanderismo sin
fundamento. Por esta razón, se mezcló a mi perplejidad cierta dosis de despecho y por espacio de unos segundos mandé mentalmente a paseo el ser que tenía ante mi y que estaba probando mi error. Se dio cuenta do ello y algo parecido a una expresión de temor cruzó su rostro. Me dediqué entonces a calmarlo, manifestando en voz alta que no llevaba ninguna mala intención.
Volviendo la cabeza a su compañero herido, se precipitó hacia él, tuvo un gesto de impotencia y, dirigiéndose a mí, me pidió si podía hacer alguna cosa por él. No articuló una sola palabra, pero oí dentro de mí una voz sin timbre y sin acento. Me acerqué al herido y sacando de mi bolsillo un trozo de cuero y un pañuelo limpio, lo utilicé para improvisar un garrote. La sangre dejó de manar. Entonces intenté averiguar si había algún médico en la dotación. No fui comprendido hasta que substituí en mi pensamiento la palabra médico por la de «cuidador».
— Me temo que ha muerto — respondió el ser de verde piel.
Salió para buscarlo. Regresó sin el médico, pero me indicó que en las otras habitaciones varios de sus compañeros estaban heridos. Cuando me estaba preguntando lo que debía hacer, el que yo había cuidado volvió en sí y poco después lo hizo el tercero, encontrándome rodeado por tres extraños en nuestro mundo.
