
No me amenazaron, pues el primero les contó lo sucedido. Entonces me enteré que cuando no se miran a la cara o cuando están alejados los unos de los otros, no hay transmisión de pensamiento. Su lenguaje consiste en una serie de modulados susurros, muy rápidos.
Aquél al que yo había reanimado, cuyo nombre, según nuestra fonética, podría convertirse en Souilik, salió de la estancia y volvió llevando en sus brazos el cadáver del médico de a bordo.
¡Qué noche pasé! Hasta el alba estuve haciendo curas y vendajes a esos desconocidos. Sin contar dos muertos, eran diez. Entre ellos había cuatro «mujeres». ¡Cómo describirle la belleza de estas criaturas! La vista se acostumbraba pronto al extraño color de su piel y no veía más que la gracia de sus formas y la elegancia de sus movimientos. Al lado de ellos el más perfecto atleta habría parecido tosco y la más hermosa muchacha, desgarbada. Aparte de dos brazos rotos y varias contusiones, observé algunas heridas que parecían hechas por cascos de metralla. Les cuidé lo mejor que pude ayudado por dos de las mujeres. Mientras, me enteré de buena parle de su historia, que no voy a resumir, pues más tarde tuve ocasión de enterarme de muchas más cosas.
Amaneció, un amanecer húmedo. El cielo estaba cubierto y pronto empezó a caer la lluvia sobre la caparazón curvada del artefacto. En un intervalo en que paró de llover, salí y di una vuelta alrededor del aparato. Parecía una lenteja completamente lisa, sin mirillas visibles, construida con un metal pulido, sin pintura, ligeramente azul. En el lado opuesto a la entrada había dos boquetes de unos 30 centímetros de diámetro. Me volví al oír ruido de pasos; Souilik y dos compañeros se acercaban, llevando un tubo de metal amarillo y algunas láminas metálicas.
La reparación fue rápida. Souilik rozó con el tubo de metal amarillo el borde de los agujeros del casco. No surgió ninguna chispa y, sin embargo, el metal se fundió rápidamente. Cuando tuvieron pulidos los agujeros, colocaron sobre cada uno una plancha, y volvió a funcionar el tubo amarillo. La plancha se ablandó, se adhirió al casco, obturando de tal manera los agujeros que me fue imposible distinguir la soldadura.
