Regresé al interior con Souilik y entré en una habitación situada precisamente bajo la parte perjudicada del casco. La doble pared interior ya estaba reparada, pero el contenido de la habitación ofrecía todavía un deplorable aspecto. Debía ser el laboratorio y contenía una alargada mesa en el centro, llena todavía de restos de cristales rotos, y los enmadejados y complicados andamiajes medio aplastados. Un ser de gran estatura estaba intentando restablecer las conexiones.

Souilik me miró, y sentí que su pensamiento me invadía.

— ¿Por qué nos han atacado los habitantes de este planeta? Nosotros no les hacíamos ningún mal, intentábamos simplemente tomar contacto con vosotros, tal como ya lo hemos hecho en otros planetas. Sólo habíamos encontrado parecida hostilidad en las Galaxias Malditas. Dos de los nuestros han muerto y hemos tenido que destruir el aparato que nos atacó. Nuestro ksill sufrió una avería y tuvimos que hacer un aterrizaje forzoso aquí, lo que nos causó más desperfectos y heridos. ¡Y lo peor es que aun no sabemos si podremos reemprender la marcha!

— Siento infinitamente lo ocurrido, creedme. Pero actualmente la Tierra está en manos de dos Imperios rivales y confunden fácilmente cualquier aparato desconocido con un enemigo. ¿Dónde os han atacado, en el Este o en el Oeste de este país?

— En el Oeste. ¿Pero es que estáis todavía en el período de guerras sobre un mismo planeta?

— ¡Oh, sí! Precisamente, hace pocos años, una guerra de éstas ha ensangrentado el mundo entero.

El «hombre» de gran estatura pronunció una corta frase:

— No nos será posible partir antes de un par de días — me tradujo Souilik —. Vas a marcharte y comunicarás a los habitantes de este planeta que, aunque pacíficos, tenemos medios para defendernos.



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