— En efecto, puedo marcharme — dije — Pero no creo que en esta región paséis ningún peligro. Sin embargo, para evitar cualquier incidente, no hablaré de vuestra presencia. En esta época del año, no pasa por aquí ni una persona cada mes. Si lo permitís, esta noche vendré a veros.

Me marché cojeando bajo la lluvia. Mientras anclaba, atravesando el bosque, la cara hostigada por la maleza húmeda, reflexionaba sobre la inverosímil aventura. Mi decisión estaba tomada: por la noche volvería.

Encontré mi coche y regresé al pueblo. Mi vieja nodriza se horrorizó al verme: tenía una profunda herida en la cabeza y el cabello ennegrecido por la sangre coagulada. Le conté una vaga historia del accidente, me curé, tomé un baño y comí de buena gana. El día me pareció terriblemente largo, y al atardecer, preparé mi coche. Sin embargo, esperé la noche cerrada para irme, dando un gran rodeo.

Oculté mi coche en el bosque, pues no quería llamar la atención dejándolo en la carretera. Después me interné bajo los árboles en dirección al claro de Magnou. Cuando estuve suficientemente alejado de la carretera encendí mi lámpara eléctrica. Llegué a la proximidad del claro. Ví salir de él una luz verdosa, muy débil, parecida a la de la esfera de un reloj luminoso. Di unos pasos más, tropecé en algo y, con gran ruido, caí cuan largo soy. Entonces, con un ligero rumor los arbustos y malezas se inclinaron hacia mí y, cuando me levanté, me encontré en la imposibilidad absoluta de avanzar.

No fue la impresión de un muro. Ni mucho menos. Simplemente, a partir de cierto limite, indicado por un circulo de vegetación inclinada hacia el exterior, el aire parecía al principio viscoso, después se convertía rápidamente en una masa compacta, sin que el límite fuese neto e invariable. Alguna vez pude adelantar unos pocos decímetros, pero en seguida, sin brutalidad, era rechazado. Tampoco noté molestia alguna al respirar. Ocurría como si, desde el lugar ocupado por el platillo volante, hubieran salido oleadas de ondas repulsivas. Durante diez minutos me empeñé en querer franquear el cerco, sin conseguirlo. Ahora comprendo perfectamente el temor que, al día siguiente, sintió Le Bousquet. Pero eso, ya te lo contaré después



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