Suponiendo que mis misteriosos amigos lo necesitaban cuanto antes, me dirigí en seguida al claro de Magnou. El círculo de contención ya no estaba. Me recibió Souilik, a quien hice entrega del bloque. No me quedé con ellos, pues tenía una cita a mediodía con el alcalde. Quedamos que pasaría todo el día siguiente, su último día sobre la Tierra, según ellos creían, en el platillo, pues querían hacerme numerosas preguntas sobre

nuestro planeta. Por mi parte, pensaba proponerles que volviesen a tierra en algún sitio más seguro. En aquel momento pensaba en el Cáucaso o en el Sahara.

Hacia las cuatro de aquella tarde, cuando nos levantábamos de la mesa, llamaron a la puerta. No sé por qué razón presentí un grave contratiempo. Era Le Bousquet, un mal sujeto, cazador furtivo y factor de ferrocarril, que quería hablar con el señor alcalde.

Divertido por este imprevisto requerimiento, — Le Bousquet solía evitar cuidadosamente cualquier contacto con la autoridad — el alcalde me pidió que le permitiera recibirle en mi casa.

— En un momento habremos terminado, y usted y yo podremos continuar hablando de nuestro asunto.

Acepté e hice pasar en seguida a Le Bousquet.

Ya yo lo conocía por haberlo atendido en alguna ocasión, desde luego sin cobrar. En prueba de agradecimiento, me había indicado algunos buenos lugares de caza abundante.

No perdió el tiempo en cumplidos:

— Señor alcalde, en el claro de Magnou hay diablos.

Debí palidecer. ¡Mis «amigos» habían sido descubiertos!

— ¿Diablos? ¿Qué cuento es ése? — replicó el alcalde, hombre campechano y sin supersticiones.



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