
Oyendo sobre el piso del pasillo los rápidos pasos de mi amigo, volví a poner rápidamente la tela, y, con indiferencia, me puse a mirar distraídamente el jardín por la ventana.
— Un caso de difteria. Mi colega está ausente. Debo ir yo. Toma algún libro de mi despacho, entre tanto.
— ¿Quieres que te lleve? Mi coche está en la puerta.
— Sea. Esto me evitará el tener que sacar el mío.
Mientras rodábamos, reflexioné sobre las singularidades que había observado. Clair no me esperaba hasta la noche, y había parecido molesto al verme llegar más pronto. Me había tenido ante la puerta durante varios minutos, con una temperatura que, sin ser glacial, era bastante fría. Había divisado una silueta escurriéndose por el corredor, e inmediatamente después Clair me había permitido entrar. Había parecido satisfecho al saber que la muerte de mi madre me dejaba solo en el mundo. Y finalmente, había aquel aparato… ni que me mataran podía comprender para qué servía. Y para colmo ¡en un laboratorio de biología! ¿Sería Clair el inventor? Era muy posible. Pero… ¿y el constructor? Recordé sus prácticas de montaje en la clase de Física de la Universidad y no pude evitar una sonrisa.
Paramos ante una granja. Clair no estuvo dentro más de un cuarto de hora.
— No es nada. Hemos llegado a tiempo. Mi colega continuará el tratamiento.
— ¿No ejerces en absoluto?
— Ya no. No tengo tiempo. Sólo algunas veces cuando el doctor Gauthier está ausente, o si me llama en consulta.
Ya de vuelta, me hizo guardar el coche en el garaje, y subimos mi equipaje a la habitación que habitualmente me reservaba. Es contigua a la suya, y, al pasar por delante de su puerta, creí oír ruido en el interior.
