
A mediodía, la comida servida por la vieja Magdalena, fue, como siempre, excelente. Clair habló poco. Estaba como preocupado, ausente. Cuando le dije que por la tarde pensaba ir hasta Eyzies para ver a unos amigos pareció aliviado, y quedamos citados para las siete.
En Eyzies vi al paleontólogo Bouchard, quien me contó una extraña historia. Seis meses antes, la aparición de «diablos» en el bosque de Rouffi-gnac había conmovido toda la región. Incluso había circulado el rumor de que esos diablos habían raptado al doctor Clair, pero, evidentemente, todo eso carecía de fundamento, ya que dos días después de la desaparición de los diablos el doctor había reaparecido, «en una columna de fuego verde». La verdad sencilla era que había permanecido dos días encerrado en su laboratorio ocupado en un interesante experimento.
Con respecto a los diablos, lo más curioso del caso era que una quincena de labradores pretendían haberlos visto, afirmando que parecían hombres, pero con el poder sobrenatural de paralizar a la gente dejándolos clavados en el sitio. El Prefecto, así como el Obispo de Perigueux, habían ordenado una investigación. Pero ante los investigadores oficiales, los labradores no se habían mostrado tan seguros de sus afirmaciones. Finalmente se había calmado todo.
— Sin embargo — añadió Bouchard —, debo reconocer que, la noche en que según ellos desaparecieron los diablos, ví en el cielo una intensa luz verde sobre Rouffignac.
Esta historia ofrecía en sí muy poco interés. A diario leemos cuentos parecidos en cualquier periódico. Pero, sin saber por qué, la relacioné con las rarezas de Clair.
Cuando llegué a su casa lo encontré más tranquilo, como si hubiera tomado una decisión importante después de muchas vacilaciones. En el comedor habían puesto cubierto para tres personas. — ¿Esperas a alguien? — pregunté. — No, pero te voy a presentar a mi mujer.
— ¿Tu mujer? ¿Es que le has casado? — Inmediatamente pensé: «¡La silueta!»
