— Sin embargo, tenía entendido que después de largas pesquisas, los comunicados oficiales americanos habían acabado con ese cuento.

Mi amigo no respondió. Movió lentamente la cabeza, se inclinó, tomó un tizón del fuego con unas pinzas y encendió minuciosamente su pipa. Chupó varias veces, hizo seña a su sirvienta de servir el café. Ulna no tomó. Bebimos en silencio.

Clair vacilaba. Lo conocía bien y noté que se estaba interrogando. Después se sirvió coñac, y, mirándome a la cara, dijo:

— Tú sabes que no soy un ignorante acabado en ciencia física. También sabes que soy realista «matler of fact», como dicen los ingleses. Pues bien, tengo una larga historia que contar sobre este platillo volante.

«No te asusten las botellas que hay encima de la mesa. Su número es quizás impresionante, pero te aseguro que no tendrá nada que ver con lo que te voy a contar. ¿Tendrá relación con mi decisión de hablarte? Ni siquiera esto. Hace tiempo que había decidido decírtelo todo a la primera ocasión. He aquí mi historia. Instálate bien en tu butaca, pues, como ya te he dicho, será larga.

Le interrumpí:

— En mi maleta tengo un registrador magnetofónico. ¿Puedo grabar tu rollo?

— Como quieras. Hasta puede que resulte útil.

Tan pronto tuve instalado el aparato, empezó a hablar. En el mismo momento que pronunciaba las primeras palabras, mis ojos se fijaron en la mano de Ulna, apoyada en el brazo de su butaca. Entonces comprendí por qué aquella mano me había parecido tan alargada: ¡Sólo tenía cuatro dedos!.

CAPÍTULO PRIMERO — RELATO DEL DOCTOR CLAIR

Como sabes, empezó Clair, soy un gran cazador, por lo menos esta es la fama que tengo, aunque raras veces disparo un tiro. Cierta destreza innata, mezclada con una gran dosis de suerte, han hecho que nunca haya vuelto con las manos vacías. Pues bien, el primero de octubre, recuerda bien esta fecha, al caer la noche, aún no había disparado un solo tiro.



8 из 176