En ese momento, no sabía que dentro de unos pocos días un miembro de la Resistencia llamado Marcel Langer sería condenado a muerte porque un procurador francés había pedido su cabeza y la había conseguido. Y nadie en Francia, estuviera o no en la zona libre, dudaba de que ningún tribunal de justicia se atrevería a pedir la cabeza de ninguno de los guerrilleros detenidos, después de que uno de los nuestros se hubiera cargado a ese procurador frente a su casa, un domingo cuando iba a misa.

Yo tampoco sabía que me cargaría a un cabrón, a un alto responsable de la Milicia, denunciante y asesino de muchos jóvenes de la Resistencia. El susodicho militar no llegó nunca a saber que su muerte se debía a un hecho concreto, ni que pasé tanto miedo que habría podido hacerme pis encima; no se imaginó que estuve a punto de no disparar, ni que yo no habría estado tan enfadado como para matarlo de cinco balazos en el vientre si no me hubiera suplicado piedad, después de no haberla tenido por nadie.


Hemos matado. Me ha costado años decirlo, no se puede olvidar el rostro de alguien contra el que se va a disparar. Pero nunca hemos matado a un inocente, ni siquiera a un imbécil. Lo sé, y mis hijos también lo sabrán, eso es lo que cuenta.

Durante un momento, Jacques me mira, me juzga, me olfatea, casi como un animal, se fía de su instinto, y finalmente se planta delante de mí; las palabras que pronunciaría dos minutos más tarde me cambiarían la vida:

– ¿Qué quieres exactamente?

– Irme a Londres.

– Entonces, no puedo hacer nada por ti -dijo Jacques-. Londres está lejos y no tengo ningún contacto.

Esperaba que se diera media vuelta y se fuera, pero Jacques se queda frente a mí. No deja de mirarme, de modo que pruebo una segunda vez.

– ¿Puede usted ponerme en contacto con los guerrilleros? Me gustaría luchar a su lado.

– Eso también es imposible -responde Jacques, al tiempo que vuelve a encender su pipa.



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