– ¿Por qué?

– Porque dices que quieres luchar, y en las guerrillas no se lucha; en el mejor de los casos, se recogen paquetes, se pasan mensajes, pero la resistencia es todavía pasiva. Si quieres luchar, debes hacerlo junto a nosotros.

– ¿Nosotros?

– ¿Estás dispuesto a luchar en las calles?

– Lo que quiero es matar a un nazi antes de morir. Quiero un revólver.


Había dicho eso en un tono orgulloso. Jacques se echó a reír. Yo no veía que hubiera nada gracioso en mis palabras, ¡me parecían más bien dramáticas! Justamente eso es lo que hizo reír a Jacques.

– Has leído demasiados libros, tendremos que enseñarte a utilizar la cabeza.

Su observación paternalista me resultó un poco humillante, pero no quería que se diera cuenta. Después de meses de intentar establecer un contacto con la Resistencia, ahora estaba a punto de echarlo todo a perder.

Busco las palabras adecuadas sin éxito, alguna frase que me permita demostrar que los guerrilleros podrán contar conmigo. Jacques parece leer mis pensamientos, sonríe, y, de repente, veo en sus ojos un destello de ternura.

– No luchamos para morir, sino por la vida, ¿entiendes?

Aunque no parezca gran cosa, esta frase me conmocionó profundamente. Eran las primeras palabras de esperanza que oía desde el inicio de la guerra, desde que vivía sin derechos, sin estatus, despojado de toda identidad en aquel país, que era el mío. Añoro a mi padre, y a mi familia también. ¿Qué ha pasado? A mi alrededor todo se ha desvanecido, me han robado la vida, simplemente porque soy judío, y eso le basta a mucha gente para querer verme muerto.

Detrás de mí, mi hermano pequeño espera. Se huele que pasa algo importante; entonces, carraspea para recordarnos que él está también ahí. Jacques me coge por el hombro.

– Ven, no nos quedemos aquí. Una de las primeras cosas que debes aprender es a no quedarte nunca quieto, porque si lo haces te pueden atrapar. Un muchacho que espera en la calle, en los tiempos que corren, siempre es sospechoso.



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