Una tarde, Bergholtz no apareció a la salida del instituto, y al día siguiente siguió sin aparecer…


A partir de entonces, cuando se acababan las clases tomaba con mi hermano pequeño, Claude, el trenecito que recorría Moissac. A escondidas, íbamos al «Manoir», una casa grande donde vivían ocultos treinta niños cuyos padres habían sido deportados; un grupo de exploradores escoltas los habían recogido y los cuidaban. Claude y yo íbamos a binar el huerto, y en ocasiones dábamos clases de matemáticas y de francés a los más jóvenes. Todos los días que íbamos al Manoir aprovechaba para suplicar a Josette, la directora, que me ayudara a unirme a la Resistencia, y cada vez que lo hacía, me miraba exasperada, con cara de no saber de lo que estaba hablando.

Hasta que un día, Josette me llamó aparte a su oficina.

– Creo que tengo algo que te puede interesar. Preséntate en el número 25 de la Rue Bayard a las dos de la tarde. Una persona que pasará por allí te preguntará la hora. Tú le responderás que no te funciona el reloj. Si él te dice «¿Es usted Jeannot?» es que es el tipo correcto.

Y así ocurrió.


Fui con mi hermano pequeño y nos encontramos a Jacques frente al número 25 de la Rue Bayard, en Toulouse.

Llegó con un abrigo gris y un sombrero de fieltro, y una pipa en la comisura de los labios. Tiró su periódico a la papelera clavada en la farola; no lo recogí porque no era ésa la consigna; tenía que esperar a que me preguntara la hora. Él se paró a nuestra altura, nos miró y, cuando le respondí que mi reloj no funcionaba, dijo que se llamaba Jacques y me preguntó cuál de nosotros dos era Jeannot. Di un paso adelante.

Jacques reclutaba él mismo a los guerrilleros. No confiaba en nadie y tenía razón en no hacerlo. Sé que puede sonar un poco injusto, pero hay que ponerse en situación.



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