
Así que empezamos a caminar por una callejuela oscura, con Claude pisándonos los talones.
– Tal vez tenga un trabajo para vosotros. Esta noche, iréis a dormir a la Rue du Ruisseau, 15, a casa de la señora Dublanc, ella os hospedará. Debéis decirle que sois estudiantes. Seguramente te preguntará qué le ha pasado a Jérôme. Respóndele que vais a ocupar su lugar, y que él ha ido a reunirse con su familia en el norte.
Vislumbré ahí unas palabras mágicas que nos darían acceso a un techo y, quién sabe, tal vez incluso a una habitación caliente.
Entonces, tomándome muy en serio mi papel, pregunté quién era el tal Jérôme, por si la señora Dublanc intentaba saber más sobre sus nuevos arrendatarios. Jacques me devolvió enseguida a la cruda realidad.
– Murió antes de ayer, a dos calles de aquí. Y si la respuesta a mi pregunta «¿quieres entrar en contacto directo con la guerra?» sigue siendo sí, entonces puede decirse que lo reemplazas. Esta noche, alguien llamará a tu puerta. Te dirá que viene de parte de Jacques.
Al decirlo así, estuve seguro de que ése no era su verdadero nombre, pero también sabía que, una vez que entrabas en la Resistencia, tu vida anterior dejaba de existir, junto con tu nombre. Jacques me deslizó un sobre en la mano.
– Mientras pagues el alquiler, la señora Dublanc no hará preguntas. Id a haceros una foto, hay una cabina en la estación. Ahora marchaos, tendremos ocasión de volver a vernos.
Jacques siguió su camino. En la esquina de la callejuela, su larga silueta desapareció en medio de la llovizna.
– ¿Nos vamos? -dijo Claude.
Llevé a mi hermano a un café y nos tomamos algo para entrar en calor. Sentado junto a la vitrina, me quedé mirando al tranvía que subía por la gran calle.
– ¿Estás seguro? -preguntó Claude, mientras acercaba sus labios a la taza humeante.
