– ¿Y tú?

– Yo estoy seguro de que voy a morir, aparte de eso, no sé nada más.

– Si entramos en la Resistencia, lo hacemos para vivir, no para morir. ¿Entiendes?

– ¿Dónde has oído una cosa así?

– Jacques me lo dijo antes.

– Pues si lo dice Jacques…

Después nos quedamos en silencio. Dos militares entraron en el local y se sentaron sin prestarnos atención. Temía que Claude hiciera alguna tontería, pero se limitó a encogerse de hombros. Le gruñó el estómago.

– Tengo hambre -dijo-. Pero no puedo tenerla.

Me avergonzaba de tener frente a mí a un muchacho de diecisiete años que no podía saciar su hambre, me avergonzaba mi impotencia; pero esa noche quizás entraríamos por fin en la Resistencia, y estaba seguro de que, entonces, las cosas cambiarían. Jacques, más adelante, dirá que la primavera volvería; cuando eso ocurriera, pensaba llevar a mi hermano pequeño a una panadería y comprarle todos los dulces del mundo, para que los devorara hasta no poder más, y esa primavera sería la mejor de mi vida.


Abandonamos el café, y después de hacer una parada en el vestíbulo de la estación, nos dirigimos a la dirección que nos había indicado Jacques.

La señora Dublanc no hizo preguntas. Sólo dijo que a Jérôme no debían de importarle mucho sus cosas después de haberse ido así. Le di el dinero y me entregó la llave de una habitación en la planta baja que daba a la calle.

– ¡Es individual! -añadió ella.

Le expliqué que Claude era mi hermano pequeño, y que estaba de visita durante unos cuantos días. Me parece que la señora Dublanc se imaginaba que no éramos estudiantes, pero, mientras se le pagara el alquiler, la vida de sus arrendatarios no le importaba. La habitación no valía gran cosa: ropa vieja de cama, una jarra de agua y una palangana. Las necesidades tenían que hacerse en un cubículo situado al fondo del jardín.

Esperamos el resto de la tarde. Al final del día, llamaron a la puerta, no de una manera que pudiera sobresaltarte, como ese golpeteo seguro propio de militares que vienen a detenerte, sino que fueron dos golpecitos en el marco. Claude abrió. Émile entró y, enseguida, sentí que nos haríamos amigos.



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