
El coche del Mariscal se acerca, Caussat levanta la cabeza y sonríe. La limusina descapotable sube lentamente la calle. En el tejado, la garrafa está casi vacía, no pesa prácticamente nada; entonces, la plancha bascula y caen las octavillas. Ese 10 de noviembre de 1940 será el primer otoño del Mariscal traidor. Mira al cielo, las hojas revolotean y, para colmo de felicidad de estos muchachos de valor improvisado, algunas acaban sobre la visera del mariscal Pétain. La muchedumbre se baja y recoge las octavillas. La confusión es total, la policía corre en todas direcciones y los que creen estar viendo a esos chicos aclamar, como todos los demás, al cortejo, ignoran que, de hecho, están celebrando su primera victoria.
Se dispersan y cada uno se va por su lado. Al volver a su casa esa noche, Caussat no puede imaginarse que tres días más tarde, después de que alguien lo denunciara, será detenido y pasará dos años en los calabozos de la comisaría central de Nîmes. Delacourt no sabe que dentro de unos meses caerá abatido por policías franceses, en una iglesia de Agen donde se había refugiado de sus perseguidores; Clouet ignora que, al año siguiente, será fusilado en Lyon; y, respecto a Bertrand, nadie será capaz de encontrar el punto perdido del campo en el que descansa. Al salir de prisión, Caussat, con los pulmones dañados por la tuberculosis, se unirá a los maquis. Y cuando lo detengan de nuevo, será deportado. Tenía veintidós años cuando murió en Buchenwald.
Ya ves, para nuestros compañeros, todo empezó como un juego de niños, de unos niños que nunca podrán llegar a ser adultos.
Debo hablarte de todos ellos, de Marcel Langer, Jan Gerhard, Jacques Insel, Charles Michalak, José Linarez Díaz, Stefan Barsony, y de todos aquellos que se unirán a ellos durante los meses siguientes. Son los primeros hijos de la libertad, los fundadores de la 35.a brigada. ¿Para qué? ¡Para resistir! Su historia es la que cuenta, no la mía, y discúlpame si, en ocasiones, me falla la memoria, si me confundo o me equivoco de nombre.
