
«Qué importan los nombres», dijo un día mi compañero Urman, éramos pocos y, en el fondo, sólo éramos uno. Vivíamos con miedo, en la clandestinidad, sin saber qué nos traería el día siguiente, y resulta difícil recordar uno solo de aquellos días.
Capítulo 3
Te doy mi palabra, la guerra nunca se ha parecido a una película. Ninguno de mis compañeros tenía la cara de Robert Mitchum, y si Odette hubiera tenido las piernas de Lauren Bacall, probablemente habría intentado besarla en lugar de dudar como un tonto delante del cine. Aquello ocurrió la víspera de la tarde en la que dos nazis la abatieron en la esquina de la Rue des Acacias. Desde entonces, no me gustan las acacias.
Lo más duro, y sé que resultará difícil de creer, fue encontrar a la Resistencia.
Después de la desaparición de Caussat y de sus compañeros, mi hermano pequeño y yo lo veíamos todo muy negro. En el instituto, entre las reflexiones antisemitas del profesor de historia y geografía y los sarcasmos de los alumnos de filosofía con los que se debatía, la vida no era demasiado divertida. Me pasaba las noches delante de la radio, intentando enterarme de noticias de Londres. Cuando volvimos al colegio, encontramos sobre nuestros pupitres pequeños folletos con el título de «Combate». Yo había visto a un muchacho que salía de la clase con disimulo; era un refugiado alsaciano llamado Bergholtz. Corrí con todas mis fuerzas para alcanzarlo en el patio, para decir que quería hacer lo mismo que él y distribuir octavillas para la Resistencia. Cuando se lo dije, se rio de mí, pero conseguí convertirme en su segundo. Los días siguientes, cuando salía de clase, lo esperaba en la calle. En cuanto doblaba la esquina, yo me ponía en marcha y él aceleraba el paso hasta alcanzarme. Juntos, echábamos panfletos gaullistas en los buzones, y, en ocasiones, desde el tranvía antes de saltar en marcha y desaparecer.
