
Pero el St. Daniil pertenecía a un orden de cosas más antiguo, un Brighton Beach distinto, ocupado por la clase de negocios que ganaban dinero a costa de aquellos para quienes la pobreza no era del todo ajena: servicios de cobro de cheques que se quedaban con el veinticinco por ciento de cada talón hecho efectivo y luego ofrecían préstamos poco más o menos a ese mismo interés mensual para cubrir el déficit; tiendas de saldos que vendían adornos de Navidad altamente inflamables durante todo el año y loza barata con el barniz resquebrajado; tiendas de comestibles, antes negocios familiares y ahora en manos de individuos con aspecto de tener, quizá, los restos de la familia pudriéndose en el sótano; lavanderías frecuentadas por sujetos que olían a calle y que por rutina se desnudaban hasta quedar sin más ropa que unos calzoncillos mugrientos y se sentaban así, casi desnudos, a esperar a que la colada estuviese lista para darle una única e inconexa pasada por la secadora (ya que cada centavo contaba), luego se ponían parte de sus prendas, todavía húmedas, y guardaban el resto en bolsas de basura y volvían a aventurarse a las calles, envueltos en el tenue vapor que desprendía la ropa; casas de empeños que hacían un negocio estable con artículos empeñados y desempeñados, ya que siempre había alguien dispuesto a beneficiarse de las desgracias ajenas; y tiendas sin un solo cartel con el nombre encima del escaparate, vacías salvo por un mostrador desportillado, cuyas turbias actividades no incumbían a aquellos a quienes debía explicarse su verdadera naturaleza. La mayoría de esos establecimientos ya habían desaparecido, relegados a calles secundarias, a barrios menos deseables, cada vez más alejados de la avenida y el mar, si bien quienes necesitaban sus servicios siempre sabían dónde encontrarlos.
