Así y todo, el St. Daniil seguía allí. Resistía. El St. Daniil era un club, aunque estrictamente privado y sin apenas algo en común con sus homónimos más rutilantes de la avenida. Se accedía a él por una puerta de acero enrejada y ocupaba el sótano de un antiguo edificio de piedra rojiza rodeado de otros edificios de piedra rojiza de poco más o menos la misma época; y si bien los bloques vecinos habían sido remozados, no era ése el caso del St. Daniil. En otro tiempo constituía la entrada a un complejo más amplio, pero los cambios en la estructura interna de los edificios lo habían dejado aislado entre dos grupos de apartamentos mucho más atractivos. Ahora el club quedaba comprimido entre ellos como un pariente pobre que se cuela en una foto familiar, sin avergonzarse de su ignominia.

Encima del St. Daniil se alzaba un laberinto de pequeños apartamentos, algunos con cabida para una familia entera, otros donde sólo podía acomodarse a un individuo, y uno, además, para quien el espacio importara menos que la intimidad y el anonimato. En esos apartamentos ahora no vivía nadie, no si podía evitarlo. Algunos se usaban como almacenes: de bebida, tabaco, aparatos eléctricos, contrabando diverso. En los demás se instalaban provisionalmente prostitutas jóvenes -a veces muy jóvenes-, y, en caso de necesidad, acudían ahí sus clientes. Uno o dos estaban un poco mejor amueblados y en mejores condiciones que los otros, y contenían cámaras de vídeo y equipo de grabación para el rodaje de películas pornográficas.

Aunque lo llamaban St. Daniil, el club no tenía nombre oficial. Una placa junto a la puerta rezaba CLUB SOCIAL PRIVADO, en inglés y en cirílico, pero no era la clase de lugar al que uno acudía para hacer vida social. Allí había un bar, pero la gente no solía quedarse mucho tiempo, y quienes lo hacían se limitaban esencialmente a tomar café mientras esperaban a que les mandasen hacer recados, a recaudar comisiones, a romper huesos.



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