Encima de la barra, un televisor proyectaba DVDs pirateados, viejos partidos de hockey, a veces películas pornográficas o, a altas horas de la noche, cuando la actividad había remitido, imágenes de las tropas rusas en Chechenia participando en represalias contra sus enemigos, reales o supuestos. Reservados semiesféricos de vinilo raído se alineaban contra las paredes, cada uno de ellos con una mesa vieja y rayada en el centro, reliquias de una época en que aquello era realmente un club social, un lugar donde los hombres podían charlar sobre su país de origen y compartir los periódicos que habían llegado por correo o en las maletas de inmigrantes y compatriotas de visita. La decoración se componía principalmente de reproducciones enmarcadas de pósters soviéticos de los años cuarenta, comprados por cinco pavos en el videoclub RBC de Brighton Beach Avenue.

Durante un tiempo la policía mantuvo el club bajo vigilancia, pero no se les permitió el acceso al local para colocar un micrófono oculto, y si bien intervinieron los teléfonos, al expirar la orden judicial no habían descubierto nada de provecho. Cualquier asunto de importancia, sospechaban, se trataba ahora a través de teléfonos móviles desechables, aparatos que se sustituían religiosamente cada semana. Dos incursiones de la brigada antivicio en el bloque por la entrada de la planta baja, encima del club, acabaron en un pobre balance: la detención de un puñado de putas cansadas, de las cuales pocas sabían inglés y menos aún tenían papeles, y de un par de clientes. No consiguieron prender a ningún macarra, y a las mujeres, como la policía bien sabía, era fácil sustituirlas.

Esas dos noches, las puertas del St. Daniil permanecieron cerradas a cal y canto, y cuando la policía consiguió entrar, sólo encontró a un camarero aburrido y a un par de rusos, viejos y desdentados, jugando al póquer por cerillas.


Era una noche de mediados de octubre. Fuera había oscurecido hacía rato y en el club sólo quedaba una persona en uno de los reservados.



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