
Durante un tiempo la policía mantuvo el club bajo vigilancia, pero no se les permitió el acceso al local para colocar un micrófono oculto, y si bien intervinieron los teléfonos, al expirar la orden judicial no habían descubierto nada de provecho. Cualquier asunto de importancia, sospechaban, se trataba ahora a través de teléfonos móviles desechables, aparatos que se sustituían religiosamente cada semana. Dos incursiones de la brigada antivicio en el bloque por la entrada de la planta baja, encima del club, acabaron en un pobre balance: la detención de un puñado de putas cansadas, de las cuales pocas sabían inglés y menos aún tenían papeles, y de un par de clientes. No consiguieron prender a ningún macarra, y a las mujeres, como la policía bien sabía, era fácil sustituirlas.
Esas dos noches, las puertas del St. Daniil permanecieron cerradas a cal y canto, y cuando la policía consiguió entrar, sólo encontró a un camarero aburrido y a un par de rusos, viejos y desdentados, jugando al póquer por cerillas.
Era una noche de mediados de octubre. Fuera había oscurecido hacía rato y en el club sólo quedaba una persona en uno de los reservados.
