
A diferencia de muchos de quienes trabajaban para él, el Sacerdote hablaba inglés apenas sin acento. Había formado parte de una primera oleada de inmigrantes de la Unión Soviética, gente que había hecho el esfuerzo de aprender las costumbres de ese nuevo mundo, y aún recordaba la época en que allí sólo vivían viejos en apartamentos de protección oficial, entre casitas vacías en estado de creciente abandono, a años luz de los tiempos en que la zona era un foco de atracción para inmigrantes y neoyorquinos por igual, deseosos de abandonar el hacinamiento de los barrios de Brownsville, Nueva York Este y el Lower East Side de Manhattan en busca de un espacio donde vivir y sentir el aire del mar en los pulmones. El Sacerdote se enorgullecía de su propia sofisticación. Leía el Times, no el Post. Iba al teatro. Cuando él estaba allí, en su reino, el televisor no proyectaba porno ni DVDs mal copiados; ponían BBC World o, a veces, la CNN. Fox News no le gustaba, pues miraba hacia dentro y él era un hombre que siempre miraba al mundo del exterior, más amplio. De día tomaba té; de noche, sólo un brebaje de fruta que sabía a ciruela. Era un hombre ambicioso, un príncipe que deseaba llegar a rey.
