El hombre allí sentado era un ucraniano a quien se conocía como «el Sacerdote». Había estudiado en un seminario ortodoxo durante tres años antes de descubrir su verdadera vocación, la de proporcionar básicamente la clase de servicios por los que en general los sacerdotes ofrecían la absolución. El nombre oficioso del club, St. Daniil, o San Daniel, daba fe del breve coqueteo del Sacerdote con la vida religiosa. El monasterio de San Daniel era el claustro más antiguo de Moscú, un bastión del credo ortodoxo incluso durante los peores excesos de la era comunista, cuando muchos de sus sacerdotes se convirtieron en mártires y los restos del propio san Daniel fueron trasladados de manera furtiva a Estados Unidos a fin de librarlos de todo mal.

A diferencia de muchos de quienes trabajaban para él, el Sacerdote hablaba inglés apenas sin acento. Había formado parte de una primera oleada de inmigrantes de la Unión Soviética, gente que había hecho el esfuerzo de aprender las costumbres de ese nuevo mundo, y aún recordaba la época en que allí sólo vivían viejos en apartamentos de protección oficial, entre casitas vacías en estado de creciente abandono, a años luz de los tiempos en que la zona era un foco de atracción para inmigrantes y neoyorquinos por igual, deseosos de abandonar el hacinamiento de los barrios de Brownsville, Nueva York Este y el Lower East Side de Manhattan en busca de un espacio donde vivir y sentir el aire del mar en los pulmones. El Sacerdote se enorgullecía de su propia sofisticación. Leía el Times, no el Post. Iba al teatro. Cuando él estaba allí, en su reino, el televisor no proyectaba porno ni DVDs mal copiados; ponían BBC World o, a veces, la CNN. Fox News no le gustaba, pues miraba hacia dentro y él era un hombre que siempre miraba al mundo del exterior, más amplio. De día tomaba té; de noche, sólo un brebaje de fruta que sabía a ciruela. Era un hombre ambicioso, un príncipe que deseaba llegar a rey.



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