Rendía homenaje a los ancianos, los que habían estado en las cárceles de Stalin, aquellos cuyos padres habían creado la empresa criminal que ahora alcanzaba su cenit en una tierra lejos de la suya. Pero incluso mientras se inclinaba ante ellos buscaba maneras de socavar su poder. Calculaba la fuerza de posibles rivales entre los de su propia generación, y preparaba a su gente para el inevitable baño de sangre que, sancionado o no, se produciría. Recientemente había sufrido varios reveses. Aunque habrían podido evitarse ciertos errores, la culpa no había sido del todo suya. Por desgracia, otros no lo veían de esa manera. Quizá, pensaba, el baño de sangre tendría que empezar antes de lo previsto.

Ése había sido un mal día, uno más en una serie de días malos. Por la mañana había surgido un problema en los lavabos y el local aún apestaba, pese a que, por lo visto, la complicación quedó resuelta en cuanto los fontaneros, de una compañía de confianza, se pusieron manos a la obra. Cualquier otro día, el Sacerdote habría podido marcharse a otra parte, pero tenía asuntos pendientes y cabos sueltos que atar en el club, de modo que estaba dispuesto a soportar el mal olor en el aire todo el tiempo que fuera necesario.

Ojeó unas fotografías que había sobre la mesa ante él: policías infiltrados, algunos probablemente hablasen ruso. Eran gente decidida, por decir poco. Intentaría identificarlos y buscaría una forma de presionarlos utilizando a sus familias. La policía estrechaba cada vez más el cerco. Después de años de maniobras inútiles contra él, habían encontrado una brecha. Dos de sus hombres habían muerto en Maine el invierno anterior, junto con dos intermediarios. Con sus muertes se había destapado una parte pequeña pero lucrativa de las actividades del Sacerdote en Boston: la pornografía y prostitución infantiles. Se había visto obligado a interrumpir ambos servicios, y eso, a su vez, había repercutido en la entrada ilegal de mujeres y niños en el país, impidiéndole cubrir las inevitables bajas en su cuadra de putas, y en las cuadras de otros. Perdía dinero a mansalva, y eso no le gustaba. También otros sufrían las consecuencias, y a él le constaba que lo consideraban culpable. Ahora su club apestaba a excrementos y era sólo cuestión de tiempo que por fin se estableciese la relación entre aquellas muertes y él.



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