
Pero le había llegado la voz de que al menos uno de sus problemas quizá tuviese solución. Todo aquello empezó porque un detective privado de Maine tuvo que meterse donde no debía. Si lo mataba, no se libraría de la policía -tal vez incluso aumentaría la presión sobre él durante un tiempo-, pero por lo menos serviría como advertencia a sus perseguidores y a aquellos que pudieran sentirse tentados de atestiguar contra él, y de paso le proporcionaría una pequeña satisfacción personal.
Desde la puerta, alguien gritó en ruso:
– Jefe, ya están aquí.
Una semana antes un hombre se había presentado en las oficinas de los Servicios de Limpieza y Desagües Big Earl, S.A., en Nostrand Avenue. En lugar de entrar por el vestíbulo, con su vistosa moqueta y fragante olor, había rodeado el edificio hasta la zona de mantenimiento y tratamiento de residuos.
Allí el olor no era ni mucho menos fragante.
Entró en el garaje y subió por una escalera hasta un despacho acristalado. Éste contenía un escritorio, varios archivadores disparejos y dos tableros de corcho cubiertos de facturas, cartas y un par de calendarios antiguos con mujeres en paños menores. Sentado detrás del escritorio había un hombre alto y delgado que lucía una corbata de poliéster verde y amarilla, realzada por una camisa blanca. Tenía el pelo del color castaño Grecian 2000 y jugueteaba compulsivamente con su bolígrafo, señal inequívoca del fumador privado de su droga, aunque sólo fuese de manera temporal. Alzó la vista al abrirse la puerta y entrar el visitante. El recién llegado era de una estatura inferior a la media y vestía un chaquetón azul marino abotonado hasta el cuello, vaqueros rotos y descoloridos y zapatillas de color rojo intenso. Tenía barba de tres días, pero, tal y como la llevaba, cabía pensar que siempre era de tres días. Parecía casi cultivada, con cierto desaliño. «Desastrada» era la palabra que a uno le acudía a la mente.
