
– ¿Intenta dejarlo? -preguntó el visitante.
– ¿Eh?
– ¿Intenta dejar de fumar?
El hombre miró el bolígrafo que sostenía en la mano derecha y casi se sorprendió de que no fuese un cigarrillo.
– Sí, así es. Mi mujer lleva años dándome la lata. Y el médico también. He pensado que debía probar a ver qué pasa.
– Debería usar esos parches de nicotina.
– No es posible encenderlos. ¿En qué puedo ayudarlo?
– ¿Anda Earl por aquí?
– Earl ha muerto.
El visitante pareció llevarse un chasco.
– ¡No me diga! ¿Cuándo?
– Hace dos meses. Cáncer de pulmón. -Tosió, incómodo-. Digamos que por eso me decidí a dejarlo. Me llamo Jerry Marley. Soy el hermano de Earl. Me incorporé al negocio para echar una mano cuando Earl enfermó, y aquí sigo. ¿Earl era amigo suyo?
– Conocido.
– Pues supongo que ahora está en un mundo mejor.
El visitante echó una ojeada al pequeño despacho. Más allá del cristal, dos hombres con mascarillas y monos limpiaban tubos y herramientas. Arrugó la nariz al percibir el hedor.
– Cuesta creerlo -dijo el visitante.
– No se crea. En fin, ¿en qué puedo ayudarlo?
– ¿Ustedes desatascan desagües?
– Así es. -Entonces, si saben desatascarlos, también sabrán atascarlos.
Aquello desconcertó a Jerry Marley por un momento, y acto seguido el desconcierto dio paso al enojo. Se puso en pie.
– Lárguese de aquí antes de que llame a la policía. Esto es una empresa, maldita sea. No dispongo de tiempo para gente que quiere causar problemas a los demás.
– Tengo entendido que su hermano no se andaba con tantas manías a la hora de decidir con quién trabajaba.
