
– Eh, cuidado con lo que dice de mi hermano.
– No lo decía en el mal sentido. Era una de las cosas que me gustaban de él. Lo hacía útil.
– Me importa un carajo. Largo de aquí, pedazo de…
– Quizá deba presentarme -dijo el visitante-. Me llamo Ángel.
– Me importa un bledo cómo… -Marley se interrumpió al caer en la cuenta de que, en realidad, sí le importaba. Volvió a sentarse.
– Es posible que Earl le hablara de mí.
Marley asintió, un poco más pálido que antes.
– De usted, y de otro.
– Ah, ése ronda por aquí cerca. Es… -Ángel buscó la palabra exacta-más limpio que yo. Lleva ropa más cara que la mía, y no se ofenda, pero este olor se pega a la tela, ya me entiende.
– Sí, ya -dijo Marley. Empezó a balbucear, pero no pudo contenerse-. Yo ya no lo noto tanto. Mi mujer me obliga a quitarme la ropa en el garaje antes de entrar en casa. Tengo que ducharme en el acto. Incluso así, dice que huelo.
– Mujeres -observó Ángel-. Son tan sensibles…
Se produjo un breve silencio. Era casi amigable, sólo que el deseo de Jerry Marley de fumar superaba de pronto la capacidad de resistencia de cualquier mortal.
– En fin -dijo Ángel-, en cuanto a esos desagües…
Marley levantó una mano para interrumpirlo.
– ¿Le importa que fume? -preguntó.
– Pensaba que quería dejarlo -comentó Ángel.
– Y yo también.
Ángel se encogió de hombros.
– Supongo que el suyo es un trabajo estresante.
– A veces -convino Marley.
– Bueno, no es mi intención empeorar las cosas.
– Dios no lo quiera.
– Pero sí necesito un favor, y a cambio yo le haré un favor a usted.
– Ya. ¿Y se puede saber cuál es?
– Verá, si usted me hace a mí el favor, no volveré por aquí.
Jerry Marley no se lo pensó ni medio segundo.
– Me parece justo -dijo.
