
Por un momento Ángel adoptó una expresión de cierta tristeza. Le dolía que todo el mundo se precipitara a aceptar el trato cada vez que lo ofrecía.
Marley pareció adivinarle el pensamiento.
– No es nada personal -añadió a modo de disculpa.
– No -contestó Ángel, y Marley tuvo la impresión de que el visitante pensaba en algo muy distinto-. Nunca lo es.
Los dos hombres que entraron en la guarida del Sacerdote una semana después no eran lo que él se esperaba, pero bien es cierto que el Sacerdote sabía por experiencia que las cosas nunca se ajustaban del todo a las expectativas. El primero, que era negro, vestía un traje gris que parecía recién estrenado. Sus zapatos negros de charol refulgían y una corbata de seda negra, con el nudo perfecto, le ceñía el cuello de una camisa blanca impecable. Iba bien afeitado y despedía un tenue aroma a clavo e incienso, que al Sacerdote, sumido como estaba en los fétidos efluvios de los excrementos, le resultó especialmente grato.
Lo seguía un hombre de menor estatura, tal vez de origen hispano, con una sonrisa afable que captaba la atención y la desviaba por un momento del aspecto de su ropa, la cual sin duda había conocido tiempos mejores: vaqueros sin marca, zapatillas del año anterior y una cazadora enguatada, a todas luces de buena calidad pero más apropiada para una persona veinte años menor y que utilizara dos tallas más.
– Están limpios -dijo Vassily en cuanto los dos se hubieron sometido, en apariencia de buena voluntad, a un cacheo. Vassily, hombre de facciones suaves y delicadas, era engañosamente rechoncho. Se movía con rapidez y desenvoltura y era uno de los acólitos de mayor confianza del Sacerdote, otro ucraniano con cerebro y ambición, aunque no tanta como para que su jefe lo considerara una amenaza.
El Sacerdote señaló un par de sillas frente a él al otro lado de la mesa. Los dos hombres se sentaron. -¿Les apetece tomar algo? -preguntó.
