
– Yo no quiero nada -dijo el negro.
– Yo tomaré algo sin alcohol -contestó el otro-. Una Coca-Cola. Asegúrese de que el vaso no esté sucio -añadió sin alterar la sonrisa de su rostro. Miró por encima del hombro y guiñó el ojo al camarero de la barra, que se limitó a fruncir el entrecejo.
– ¿Y bien? ¿En qué puedo ayudarles? -preguntó el Sacerdote.
– La cuestión es más bien en qué podemos ayudarle nosotros a usted -repuso el hombre de corta estatura.
El Sacerdote hizo un gesto de indiferencia.
– ¿Un servicio de limpieza, quizá? ¿Venta a domicilio?
Sus hombres le rieron la gracia. Eran tres en total, aparte del camarero. Dos estaban sentados junto a la barra, ante las omnipresentes tazas de café. Vassily se hallaba detrás a la derecha de los dos visitantes. El Sacerdote lo notó inquieto. Pero Vassily siempre parecía inquieto. Era un pesimista, o quizás un realista, el Sacerdote nunca lo había tenido del todo claro. Suponía que era una simple cuestión de perspectiva.
La sonrisa del hombre de baja estatura vaciló por un instante.
– Estamos aquí por lo del encargo.
– ¿El encargo? ¿Acaso son recaderos?
Más risas.
– El encargo de matar al detective, a Parker. Ha llegado a nuestros oídos que quiere usted eliminarlo. Preferiríamos que no fuera así.
Las risas cesaron. El Sacerdote había sido informado previamente de que los dos hombres querían hablar con él acerca del detective, y su manera de abordar el tema, pues, no lo pilló desprevenido. Por lo regular habría dejado una conversación así en manos de Vassily, pero ésa no era una situación corriente, y aquellos dos, como él bien sabía, no eran hombres corrientes. Según le habían dicho, merecían cierto respeto, pero aquél era su territorio, y le divertía provocarlos. Él respetaba a quienes lo respetaban a él, y la mera presencia de aquellos hombres en su club lo irritaba. No suplicaban por la vida del detective; pretendían explicarle cómo llevar sus asuntos.
