
El camarero puso una Coca-Cola delante del hombre más bajo. Éste tomó un sorbo y arrugó la frente.
– No está fría -se quejó.
– Dale hielo -ordenó el Sacerdote.
El camarero asintió. Uno de los hombres sentados junto a la barra se inclinó por encima de ésta y, sacando hielo con la mano de una cubitera, llenó un vaso vacío. Se lo entregó al camarero, que hundió los dedos en el vaso, extrajo los cubitos y los echó en la Coca-Cola. El líquido salpicó los vaqueros del hombre más bajo.
– Joder, tío -protestó-, eso es de mala educación. Y de lo más antihigiénico, incluso para un sitio que apesta como éste.
– Sabemos quiénes son ustedes -dijo el Sacerdote.
– ¿Cómo dice?
– He dicho que sabemos quiénes son ustedes.
– ¿Y eso qué quiere decir?
El Sacerdote señaló al hombre desaliñado de baja estatura.
– Usted es Ángel. -Desplazó un poco el dedo a la izquierda-. Y usted se llama Louis. Su fama los precede, como suele decirse, si no me equivoco, en estas circunstancias.
– ¿Deberíamos sentirnos halagados?
– Yo diría que sí.
Ángel pareció complacido. Louis tomó la palabra por primera vez.
– Tiene que retirar el encargo -dijo.
– ¿Y eso por qué? -preguntó el Sacerdote.
– El detective es coto vedado.
– ¿Bajo la autoridad de quién?
– La mía. La nuestra. La de otras personas.
– ¿Qué otras personas?
– Si dijese que no lo sé, y que a usted no le conviene saberlo, ¿me creería?
– Es posible -repuso el Sacerdote-. Pero ese hombre me ha ocasionado muchos problemas. Es necesario transmitir un mensaje.
– Nosotros también estuvimos allí. ¿Va a encargar que nos liquiden?
El Sacerdote lo señaló con el dedo.
– Ahora es usted quien está metiéndose en coto vedado. Todos somos profesionales. Ya sabemos cómo van estas cosas.
– ¿Ah, sí? Me parece que no trabajamos en el mismo ramo.
