
– Tiene demasiado buen concepto de sí mismo.
– Tengo buen concepto de una persona.
Si el Sacerdote se había ofendido, lo disimuló. Así y todo, le sorprendió la predisposición de aquellos dos hombres a mantener una actitud hostil yendo desarmados. Lo consideró un comportamiento arrogante y grosero.
– No hay nada de qué hablar. No he encargado a nadie la muerte del detective.
– ¿Eso qué quiere decir?
– Yo mismo me corto el césped. Les saco brillo a mis zapatos. No envío a desconocidos a hacer aquello de lo que puedo ocuparme yo.
– Eso nos pone en bandos opuestos.
– Será porque ustedes quieren. -El Sacerdote se inclinó-. ¿Es eso lo que pretenden?
– Pretendemos vivir tranquilos.
El Sacerdote se echó a reír.
– Me temo que se aburrirían. Yo desde luego me aburriría. -Desplazó las fotos sobre la mesa con los dedos, reordenándolas.
– ¿Esos son amigos suyos? -preguntó Louis.
– Policías.
– Si va tras el detective, se creará más problemas con ellos, y también con nosotros. Pueden ser muy insistentes. No necesita darles más motivos para que se le echen encima.
– ¿Quieren, pues, que deje tranquilo al detective? -preguntó el Sacerdote-. Se preocupan ustedes por mí, por mi negocio, se preocupan por la policía.
– Así es -convino Louis-. Nos preocupamos como ciudadanos conscientes que somos.
– ¿Y yo qué gano?
– Desaparecemos.
– ¿Eso es todo?
– Eso es todo.
El Sacerdote hundió los hombros en un gesto teatral.
– Vale, pues. Cómo no. Ya que ustedes me lo piden, dejo en paz al detective.
Louis no se movió. A su lado, Ángel se puso tenso.
– Así sin más -dijo Louis.
– Así sin más. No quiero problemas con hombres de su…, esto…, de su calibre. Tal vez en el futuro puedan hacerme un favor a cambio.
– Lo dudo mucho, pero nos halaga que lo piense.
– ¿Y ahora quiere tomar algo?
