
– No -contestó Louis-. No quiero tomar nada.
– Siendo así, la conversación ha terminado.
El Sacerdote se recostó en el asiento y cruzó las manos sobre su apenas prominente barriga. Al hacerlo, levantó un poco el meñique de la mano izquierda. Detrás de Ángel y Louis, Vassily se llevó la mano a la espalda en busca de la pistola metida bajo el cinturón. Los dos hombres de la barra se pusieron en pie y sacaron también sus armas.
– Ya te dije que no aceptaría -comentó Ángel a Louis-. Aunque contestara que sí, él no lo aceptaría.
Louis le lanzó una mirada de desdén. Alcanzó el vaso de Ángel, hizo ademán de tomar un sorbo y se lo pensó mejor.
– ¿Sabe qué es usted? -preguntó-. Es un capo de tres al cuarto.
Y mientras hablaba, actuó. Se movió con tal fluidez, tal elegancia, que Vassily, si hubiese vivido el tiempo suficiente, casi lo habría admirado. A la vez que se levantaba, deslizó la mano bajo la mesa y retiró la pistola escondida allí un rato antes por el hombre que había acompañado al equipo de limpieza. En el mismo movimiento, hundió el vaso con la otra mano en la cara de Vassily. A esas alturas Vassily ya había sacado su arma, sin embargo para él era demasiado tarde. Las dos primeras balas lo alcanzaron en el pecho, pero Louis, sujetándolo, no lo dejó caer a fin de escudarse tras su cuerpo y abrió fuego contra los hombres de la barra. Uno logró descerrajar un tiro, pero se precipitó y la bala hizo impacto inocuamente en la moldura de madera por encima de la cabeza de Louis. Pocos segundos después sólo quedaban en la sala cuatro personas vivas: el Sacerdote, el camarero, y los dos hombres que pronto los matarían a ambos.
El Sacerdote no se había movido. La segunda pistola oculta bajo la mesa estaba ahora en la mano de Ángel, que mantenía encañonado al Sacerdote. Ángel había permanecido inmóvil mientras se producía el tiroteo a sus espaldas. Confiaba en su compañero. Confiaba en él tanto como lo amaba, es decir, absolutamente.
