
– Todo esto por un detective privado -dijo el Sacerdote.
– Es un amigo -aclaró Ángel-. Y no es sólo por él.
– ¿Y entonces por qué es? -El Sacerdote habló con serenidad-. Sea lo que sea, podemos llegar a un acuerdo. Han dejado ustedes las cosas muy claras. Su amigo está a salvo.
– ¿Espera que nos lo creamos? Si quiere que le sea franco, no parece usted de los que perdonan.
– Pero sí soy de los que quieren vivir.
Ángel se detuvo a pensarlo.
– Está bien tener ambiciones -comentó-. Aunque ésa me parece un poco limitada.
– Abarca mucho.
– Supongo. -Y en cuanto a lo que ha sucedido aquí… Bueno, si tienen clemencia conmigo, otros la tendrán con ustedes.
– Mucho me temo que no va a poder ser -respondió Ángel-. Vi lo que les hacían a esos niños que ustedes iban alquilando por ahí. Es más, sé lo que les hacían. No creo que merezca usted clemencia.
– Eran negocios -adujo el Sacerdote-. No era nada personal.
– Es curioso -respondió Ángel-. Oigo esa expresión muy a menudo. -Alzando la pistola recorrió lentamente con la mira el vientre del sacerdote, el corazón, el cuello, hasta detenerse en la cara-. Pues esto no son negocios. Esto sí es personal.
Disparó al Sacerdote una vez en la cabeza y se puso en pie. Louis miraba por encima del cañón de su pistola al camarero, que estaba tendido en el suelo con las manos separadas.
– Arriba -ordenó Louis.
Cuando el camarero se disponía a ponerse en pie, Louis le disparó y observó de forma impasible cómo se doblaba y, por fin, quedaba inerte en la moqueta mugrienta. Ángel se volvió hacia su compañero.
– ¿Por qué?
– Nada de testigos. Hoy no.
Louis se encaminó hacia la puerta sin pérdida de tiempo. Ángel lo siguió, abrió, lanzó una rápida mirada a la calle e hizo una señal a Louis con la cabeza. Juntos corrieron en dirección al Oldsmobile aparcado en la otra acera.
