– ¿Y? -preguntó Ángel mientras ocupaba su asiento y Louis se sentaba al volante.

– ¿Crees que ese hombre no sabía lo que se traían ahí entre manos? ¿Cómo se ganaba la vida su jefe?

– Supongo que sí.

– Entonces debería haber buscado trabajo en otro sitio.

El coche se apartó del bordillo. Por encima del club se abrieron unas puertas y asomaron dos hombres armados. Se disponían a abrir fuego cuando el Oldsmobile giró bruscamente a la izquierda y se perdió de vista.

– ¿Tendrá esto alguna repercusión para nosotros?

– Ese fulano picó demasiado alto. Atrajo la atención. Tenía los días contados. Sólo hemos acelerado lo inevitable.

– ¿Estás seguro?

– Saldremos de ésta. Hemos hecho un favor a cierta gente, y no sólo a Parker. Se ha resuelto un problema, y ellos tienen que mantener las manos limpias.

– Y volverán a meter niños en el país.

– Ése es otro asunto, y ya nos ocuparemos de él más adelante.

– Prométemelo, prométeme que no nos desentenderemos.

– Te lo prometo -dijo Louis-. A su debido tiempo haremos lo que esté en nuestras manos.

A cuatro manzanas de allí cambiaron el Oldsmobile por su Lexus. El coche contaba con el servicio de radio satélite Sirius, y, en noches alternas, por mutuo acuerdo uno de los dos elegía emisora y el otro no tenía derecho a quejarse de la elección. Como esa noche le tocaba escoger a Ángel, escucharon First Wave todo el camino de regreso a Manhattan.

Y así transcurrió el viaje a casa, en un silencio casi cordial.


Más al sur estaba a punto de fraguarse el segundo eslabón en la cadena de homicidios.

En el bar sólo había un puñado de personas cuando entró el depredador y, casi de inmediato, detectó a su presa: un hombrecillo triste y obeso con los hombros caídos, tirando a calvo, sudoroso, con un pantalón marrón que no había visto una plancha ni una tintorería durante al menos una semana, y zapatos marrones de cordones que debían de haberle costado un buen dinero en su día pero ahora ya no podía sustituir por otros nuevos.



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