
El depredador observó al gordo, detalle por detalle: los dedos rechonchos, la alianza incrustada en la carne de uno de ellos; los michelines en los costados; la barriga que se desbordaba por encima del cinturón de cuero barato; el sudor en la cara, la frente, la calva.
«Porque siempre estás sudando, ¿verdad? Incluso en invierno sudas. El esfuerzo de arrastrar esa mole fofa y gelatinosa es casi excesivo para tu corazón. Sudas cuando vas en camiseta y pantalón corto en verano, y, cuando nieva, sudas debajo de capas y capas de ropa. ¿Cómo es tu mujer?, me pregunto. ¿Es gorda y repugnante como tú? ¿O ha intentado mantener la línea con la esperanza de atraer a alguien mejor mientras tú estás en la carretera, aunque ese alguien no haga más que utilizarla durante una noche? (Porque sin duda ella también lo utilizará a él.) ¿Te planteas esa posibilidad cuando vas vendiendo de pueblo en pueblo, sacando apenas para vivir, riéndote siempre con más estridencia de la que deberías, pagando copas que no te puedes permitir para congraciarte con la gente, pagando la cuenta en los restaurantes elegidos por otros con la esperanza de que te caiga algún pedido? Te has pasado la vida corriendo, hombrecillo, rogando siempre para que se presente la gran oportunidad, pero nunca llega. Bien, pues tus problemas están a punto de acabar. Yo soy tu salvación.»
El depredador pidió una cerveza, pero casi no la probó. No le gustaba que se empañaran sus facultades cuando trabajaba, ni siquiera mínimamente. Se vio por un momento en un espejo que había en la pared: alto, algo canoso, esbelto bajo la cazadora de cuero y el pantalón oscuro. Tenía la tez cetrina. Le gustaba seguir el sol, pero por las exigencias de su vocación, elegida por él mismo, ese lujo no siempre era posible.
