Al fin y al cabo, a veces había que matar en lugares donde no lucía el sol, y tenía facturas que pagar.

Sin embargo, sus ingresos habían disminuido en esos últimos meses. A decir verdad, estaba un tanto preocupado. No siempre había sido así. En otro tiempo gozó de una reputación considerable. Fue un Hombre de la Guadaña, y ese título tenía su peso. Ahora conservaba cierta reputación, pero no del todo buena. Pasaba por ser un hombre con determinados apetitos que sencillamente había aprendido a canalizar por medio del trabajo, pero a veces lo desbordaban. Era consciente de que se había extralimitado al menos una vez en los últimos doce meses. En teoría, aquella muerte debería haber sido rápida y sencilla, no prolongada y dolorosa. Eso había causado cierta confusión y enfurecido a quienes lo contrataron. Desde entonces no abundaba el trabajo, y sin trabajo sus apetitos necesitaban otra válvula de escape.

Seguía a la víctima desde hacía dos días. Se trataba tanto de un ejercicio como de una actividad placentera. Siempre los veía como «presas», nunca como objetivos, y jamás empleaba la palabra «potencial». Por lo que a él se refería, en cuanto ponía la mira en alguien, era hombre muerto. Podía haber elegido a otro individuo que representara un reto mayor, una presa más interesante, pero había algo en aquel gordo que le repugnaba, un hedor a tristeza y fracaso que inducía a pensar que no sería una gran pérdida para el mundo. Con sus actos, el gordo había atraído sobre sí a un depredador, del mismo modo que el animal más lento de la manada captaba la atención del guepardo.

Y así permanecieron un rato, depredador y presa compartiendo el mismo espacio, escuchando la misma música, durante casi una hora, hasta que el gordo se levantó para ir al servicio, y llegó el momento de acabar con la danza que se había iniciado hacía cuarenta y ocho horas, una danza en la que el gordo ni siquiera sabía que participaba.



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